En 1492 España descubrió América en la mayor gesta que ha conocido la humanidad desde sus inicios. Como dice Charles F. Lummis en su obra Los descubridores españoles en el siglo XVI. y recoge María Elvira Roca Barea en su magnífico ensayo Imperiofobia y leyenda negra: “La razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es sencillamente que hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo… Amamos la valentía y la exploración de las Américas por los españoles fue la mas grande, la más larga, la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia” .

Desde ese momento, el intercambio cultural entre ambos continentes no se ha detenido nunca. Fueron y son miles los españoles que han emigrado al Nuevo Continente para comenzar una nueva vida y llevaron allí nuestra lengua y nuestra cultura, desde el cristianismo y la Gramática de Nebrija hasta el Quijote. Es por eso que América es hija de España. Y es por eso que muchos americanos, al referirse a España, la llaman La Madre Patria.

Yo mismo tengo, por parte de madre, una prima nacida en Buenos Aires y otra en Montevideo y, por parte de padre, muchos primos a los que he conocido por Facebook y que están instalados allí desde hace casi un siglo sin que se haya roto el lazo de unión. Y este es el caso de millones de españoles. ¿Cómo no sentir en nuestras propias carnes lo que ocurra allá?

Y es por eso que en estos tiempos en que los flujos migratorios son una seña de identidad de nuestros días, los españoles debemos actuar haciendo honor a nuestra responsabilidad histórica y acoger a los miles de hermanos que llaman a nuestras puertas.

No solo hay esta razón. También los españoles debemos valorar el hecho de que acoger inmigrantes hispanos es la mejor solución a la necesidad de mano de obra que nuestra sociedad va a precisar en las próximas décadas. Vemos a diario a ONG’s españolas que embarcan y traen hasta España (con dinero público que sale de mis bolsillos) a miles de subsaharianos y árabes con los que no tenemos ese vínculo histórico y mucho menos el cultural. ¿No son acaso más asimilables los inmigrantes hispanos?  ¿No será una sociedad más cohesionada la española si crece demográficamente con inmigrantes hispanos que con los africanos? Esto es lo que explica que muchos de estos africanos se vayan en cuanto pueden a Francia, país con el que sí tienen esos lazos lingüísticos e históricos. Los inmigrantes hispanos, primero.

Hay además actualmente un verdadero drama y es el de los venezolanos. Todos conocemos a venezolanos que han tenido que abandonar su país por razones políticas en algunos casos y en la mayoría por la situación de enorme pobreza a la que ha conducido el neocomunismo al país hermano. En mi calle hay dos familias venezolanas, en mi clase, como puede ver quien siga nuestros vídeos, hay una alumna venezolana. Pero para algunos, singularmente para Podemos y para el PSOE, los venezolanos son testigos incómodos, porque allá donde van, aunque no sean personas politizadas, cuentan los horrores de una sociedad donde no existe papel higiénico y la gente tiene que comerse sus propios caballos. Ese es el socialismo real.

Y por eso, que el Gobierno español acoja en una fenomenal campaña publicitaria a los inmigrantes del Acuarius mientras obstaculiza la llegada de venezolanos aquí debe ser conocido y denunciado públicamente, para que todos comprendamos que para ellos, detrás de su palabrería, el valor de la solidaridad es simplemente la capacidad que tengan de manipular políticamente su gesto, que por cierto pagamos todos. Su solidaridad depende del color político y no de los lazos culturales y lingüísticos y por eso, para ellos vale más la foto del inmigrante silencioso que se va en breves días a Francia, que el testigo incómodo que se queda en España y es un faro que ilumina cuál es el socialismo real.

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